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Estoy leyendo la biografía de Revilla escrita por Virginia Drake y, allá por la mitad de sus quinientas páginas, Miguel Ángel dice que en Cantabria somos demasiados resignados y poco reivindicativos. Tiene razón. Ojalá que las urnas de las próximas elecciones generales den la oportunidad a Revilla de ir a Madrid para defender "los intereses de Cantabria", alguien que conoce el terruño a la perfección. Y, sobre todo, alguien que con los aires de la capital madrileña no olvidará con qué compromiso iría a Madrid, como no olvidó el compromiso con el que marchó con dieciocho años al País Vasco con las 500 pesetas que le mandaban sus padres (quien quiera entender y saber más, repito, lean el libro que es de veras muy entretenido). Solo un representante del PRC puede mantenerse al margen de las disciplinas marianistas azul celeste cielo gaviota o rubalcaba rojo pasión pero desapasionado en sus promesas que no cumple. Y personalmente creo que Revilla allí es indispensable para enseñarles algo de altura moral de la que le sobra (de la otra mejor no digo nada, pero ésta no es importante, la primera sí).
Estimado sr. Revilla. Aquí en Cantabria ya nos hemos hecho una idea de qué catadura moral está hecho ese individuo. Mal que nos pese, este Gobierno nos ha tratado como lo han hecho los anteriores, como si Cantabria fuera el último mono. Presidente, si me permite, mande al carajo a Zapatero, Rajoy, Blanco y a toda esa chusma que le han prometido el oro y el moro, busque su propio camino con gente que le quiera y le apoye de verdad, le aseguro que la encontrará. No haga caso de lo que digan los denominados partidos mayoritarios, ya hemos visto todos los cántabros en Monzón de Campos de qué pasta están hechos. ¿Acaso se ha visto al P.P. o al P.S.O.E. allí apoyándole? Para los cántabros que amamos a Cantabria y a España, usted será siempre el presidente de nuestro corazón, digan lo que digan. Por favor, no permita que le vuelvan a tomar el pelo y muestre esa fuerza que nos da nuestra tierruca, con la solidez de nuestras montañas y la frescura de nuestros prados.