Miguel Ángel Revilla

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Nací en el año 1943 en Polaciones. Habrá gente que no ha ido nunca, o ni siquiera ha oído hablar de ese valle, así que os voy a situar. Está entre Peñalabra, que tiene 2.080 metros de altitud, y el Cuernón de Peñasagra, de 2.120 m. En medio está Polaciones, surcado por el río Nansa y sus afluentes. Es un valle formado por nueve pueblos, con una altitud media de 1.200 metros. Entre ellos, el más alto de Cantabria, que es Cotillos. Soy el producto de la mezcla entre un campurriano y una purriega. Mi padre, Ángel, era de Campoo y en el año 40 llegó a Polaciones para trabajar como guarda de montes. Allí conoció a mi madre, Rosa, que era purriega cien por cien.

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Las condiciones de vida en aquella época eran especialmente duras. No había apenas infraestructuras, por lo que las comunicaciones con otras zonas de Cantabria eran muy complicadas. El día a día discurría entre el ganado y las labores del campo, sin apenas tiempo para cualquier distracción. En mi pueblo, Salceda, había una sola radio y en torno a ella solíamos reunirnos los vecinos cuando anochecía, después de haber atendido al ganado.

El frío y la nieve condicionaban la forma de vida y también la alimentación. Teníamos una dieta bastante pobre, porque la patata era prácticamente el único cultivo que se daba. También se criaban vacas tudancas, ovejas y cabras. Y en casi todas las casas había un par de cerdos.

Mis recuerdos de la infancia en Polaciones son todos positivos y han condicionado en gran medida mi personalidad. Las experiencias que viví de niño, la austeridad, el espíritu de trabajo, el esfuerzo que era necesario para salir adelante por la dureza del lugar donde nací han marcado mi modo de ser.

Con 10 años, salí por primera vez de Polaciones para visitar Comillas y Santander. Fue un viaje plagado de anécdotas y descubrimientos.

Al año siguiente, dejamos Polaciones. A mi madre la trasladaron de maestra a Peñacastillo y a mi padre, como guarda a las oficinas del Paseo del Arcillero. Nos mudamos toda la familia a Santander. Yo hice el ingreso por libre en el instituto y cursé el Bachiller en Los Salesianos. No guardo un buen recuerdo de aquellos años.

Entré en el colegio con mal pie, como consecuencia de un desgraciado incidente que nunca había contado públicamente hasta ahora y que me marcó durante todo el Bachiller.

En aquella época no fui un buen estudiante. Me sentía atemorizado. Pasar de Polaciones a Santander fue mucho cambio para mí. Pero, aunque por los pelos, aprobé. Entonces, le plantee a mi padre que quería estudiar Económicas, para lo cual tenía que trasladarme a Bilbao. Aquello era un problema para mi familia, porque vivíamos de dos sueldos modestos y con recursos más bien escasos. Mi padre quería que permaneciera en casa y estudiara Magisterio, como hicieron mis hermanos, Jaime y Teresa, pero yo tenía claro que quería ser economista.

A diferencia que en Los Salesianos, en la Universidad sí que aproveché el tiempo de forma adecuada. Ni iba a bailar, ni salía de copas. Me estaba jugando la oportunidad de estudiar con recursos escasos y trabajando, así que me empleé duro y saqué una carrera brillante, con muy buenas notas. Y fue allí, en la Universidad de Bilbao, donde descubrí mi vocación política.

A mi regreso a Cantabria comencé a participar en algunas tertulias, fundamentalmente de economía, y a involucrarme en actividades públicas. Me hice cargo de la dirección del Banco Atlántico en Torrelavega y, paralelamente, daba clases de Economía en la Universidad. En diciembre de 1975, tuvo lugar un hecho que marcó definitivamente mi futuro. Fui invitado a participar, como economista, en una charla-coloquio en la Cámara de Comercio de Torrelavega sobre el futuro de España tras la muerte de Franco. Allí plantee por primera vez que el reto que tenía por delante el país para homologarse con Europa pasaba por instaurar el sistema democrático y poner fin al centralismo que había imperado hasta entonces. Era un anacronismo que desde Madrid se decidiera si había que construir una carretera en Liébana o en Polaciones, por lo que defendí la descentralización política y administrativa y la conveniencia de apostar por una alternativa federal o autonómica. También abogué por recuperar para nuestra tierra el nombre histórico de Cantabria y dar los pasos para su transformación en una Comunidad Autónoma uniprovincial. Esa idea no fue nada bien acogida, recibí todo tipo de críticas y ahí comenzó mi trayectoria política.

Aquellas críticas fueron para mí un estímulo y me alentaron a defender con más ahínco si cabe la autonomía para Cantabria. Recorrí la región pueblo a pueblo para explicar a todo el que quería oírme por qué era buena la descentración y por qué Cantabria tenía que ser una Autonomía uniprovincial. Muchos creían que no teníamos tamaño suficiente, a lo que yo siempre respondía que el país con mayor renta per cápita de Europa era Luxemburgo, con una población muy inferior a la de Cantabria. En este caso, el tamaño no importaba. Lo que valía era algo que yo sabía que estaba en la epidermis de la gente de esta tierra: éramos y hemos seguido siendo una región cohesionada culturalmente, cohesionada geográficamente, un territorio perfectamente identificable, donde todos compartimos una sensibilidad, una historia y unas tradiciones perfectamente diferenciados de los de los territorios limítrofes. También tenía que explicarle a la gente que la Autonomía no iba, ni mucho menos, en contra de la unidad de España, sino que fortalecía al país en su conjunto, como se ha demostrado en las tres últimas décadas.

Para promover los ideales autonomistas, impulsé en 1976 la creación de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), que todavía existe y a la que aún pertenezco como socio. ADIC fue un revulsivo para esta idea, aunque no conseguimos que Cantabria fuera incluida en el mapa preautonómico dibujado en la Constitución. Pero una vez aprobada la Carta Magna, se abrió otra posibilidad de acceso a la Autonomía, siempre y cuando lo solicitaran al menos dos tercios de los ayuntamientos. Fue en aquel momento cuando surgió la idea de crear, desde ADIC, el Partido Regionalista de Cantabria (PRC), con el fin de concurrir a las elecciones municipales de 1979 y obtener representación en los municipios, para así defender el sistema autonómico. Cantabria se convirtió por fin en Comunidad Autónoma el 1 de febrero de 1981. Habíamos conseguido el objetivo, la razón de ser de la fundación del Partido Regionalista, por lo que mi primera idea fue abandonar la política y regresar a mi actividad laboral en la banca, pero hubo compañeros que no me lo permitieron.

En 1983 fui elegido por primera vez diputado autonómico. Fue el inicio de una larga etapa en la oposición, muy dura e ingrata en algunos momentos y durante la cual ni siquiera soñaba con la posibilidad de ser elegido algún día Presidente de Cantabria.

El sueño se convirtió en realidad el 27 de junio de 2003. Ese día asumí la responsabilidad que implica ser el Presidente de Cantabria y emprendí una labor que ha tenido dos objetivos fundamentales y prioritarios: situar a Cantabria entre las regiones más prósperas de Europa y hacer de ella un lugar conocido, bien valorado y reconocido por el talante solidario, trabajador y hospitalario de sus gentes, además de por su historia, su cultura y su belleza. Y en ese empeño continúo trabajando con toda la capacidad y el esfuerzo de los que soy capaz, luchando además para superar las dificultades que nos han sobrevenido, como consecuencia de la crisis económica internacional que estamos atravesando. Estoy seguro de que lo vamos a conseguir y que Cantabria superará esta coyuntura adversa fortalecida y despuntando entre los territorios más avanzados de nuestro continente.

Una de las mayores satisfacciones que siento, después de 30 años de actividad política y de servicio a Cantabria, es comprobar la imagen que existe de nuestra tierra en otros lugares. No viajo mucho, pero siempre que lo hago me encuentro con gente que se acerca para hablarme de Cantabria, para decirme que esta región es una joya, que no les extraña que la llamemos Cantabria Infinita...... Ya estamos en el mapa, Cantabria es una región que cuenta, a pesar de su reducido tamaño. Ésa ha sido siempre una de mis grandes obsesiones, unida a la consolidación de la Autonomía que hemos logrado a lo largo de estas tres últimas décadas.

Mirando hacia el futuro, a nivel político todavía me queda un reto por cumplir y es ver a mi Partido como la primera fuerza política de Cantabria.

Pero por encima de todo, mi pasión es Cantabria. Mi amor por esta tierra es la razón por la que me levanto cada mañana a las 7,00 y por la que trabajo cada día, sin descansos, ni vacaciones. Mi familia ha sido, probablemente, la gran damnificada del compromiso que asumí hace ya 30 años y que mantengo tan vivo o más que el primer día.

Si miro hacia atrás y compruebo todo lo que ha avanzado Cantabria desde 1975, no me cabe duda de que todos los sacrificios han merecido la pena. Cuando iniciamos la trayectoria autonómica, la región apenas alcanzaba el 70 por ciento de la renta media comunitaria y estábamos seis puntos por debajo de la renta media española. Hoy estamos en el 105% de la renta comunitaria y Cantabria es un 3,2% más rica que la media nacional. Esto desmonta la teoría de aquellos que decían que una autonomía pequeña no era viable. No sólo lo es, sino que todavía tiene por delante un futuro más prometedor.

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