Me inundan a twitts preguntándome qué explicación existe para que, en medio de una política depredadora contra las clases medias y humildes, que somos la inmensa mayoría, el PP no haya obtenido castigo, sino premio en las elecciones gallegas celebradas ayer.
No conozco demasiado al pueblo gallego. Hace un mes estuve en Ourense y Pontevedra y volví abrumado por el cariño que me demostró la gente. Los gallegos me parecen personas conservadoras, trabajadoras, acostumbradas a la dureza de la vida y, sobre todo, temerosas por la experiencia de que todo es empeorable.
El gallego se enfrentaba ayer a un dilema: elegir un gobierno presidido por el señor Feijoo con mayoría absoluta, o un gobierno presidido por Patxi Vázquez (PSOE), con Xosé Manuel Beiras (Alternativa Galega de Esquerda) como primer vicepresidente y Francisco Jonquera (Bloque) como segundo vicepresidente. Lo primero era lo malo conocido. La alternativa, un viaje a lo desconocido, un cóctel molotov.
En la memoria está aquel tripartito catalán presidido por el señor Montilla, que ha dejado un recuerdo y unas consecuencias lamentables.
Por otra parte, la persona es cada vez más importante que las siglas, de lo cual yo me alegro. El señor Feijoo es coherente con su ideario. Tiene imagen de serio y traslada bien su discurso.
Cuando vi por primera vez en la tele...
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No hay pueblo con menos de 5.000 habitantes que no tenga ya un establecimiento con el letrero ‘Compro oro’. Ya es tan habitual como el bar o la farmacia. En las grandes ciudades he visto hasta dos establecimientos de este tipo en la misma calle.
En momentos de crisis, el oro es el refugio de los ricos y el pan para hoy de los pobres. Nunca he entendido por qué el oro vale tanto. Será porque fue patrón moneda y es la ostentación de los poderosos: “tengo un reloj de oro, un coche con adornos de oro y hasta un diente de oro…”
El otro día me picó la curiosidad y me aposté discretamente durante una hora delante de una tienda de éstas. En la cristalera se anunciaba: “compramos oro a 30 euros el gramo. Pago al contado”. Los cristales eran ahumados para que no se divisase a los clientes desde fuera. En una hora entraron tres señoras. Con disimulo, se pasearon durante cinco minutos cada una delante del escaparate. Miraban de reojo, como avergonzadas ante la posibilidad de que alguien pudiera estar observándolas. Ninguna estuvo dentro del establecimiento más de 5 minutos.
Al cabo de una hora entré yo y pregunté qué venían a vender aquellas personas que habían entrado antes. Amable, el dependiente me enseñó las compras de la mañana. Había sobre todo joyería relacionada con...
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