Los que hemos tenido hijos y tenemos nietos conocemos bien el mecanismo: de pronto ..., ¡crash!, un ruido en la cocina. Y uno piensa: “¡vaya, otro vaso que ha caido en acto de servicio!”. Y llega a la cocina y encuentra allí unos trozos de cristal por el suelo y los ojos de un pequeño personaje mirándolo fijamente: “¡yo no he sido!”. Respuesta comodín en circunstancias normales porque, si hay cerca otro hermano más pequeño, la primera expresión será: “¡ha sido él!”. Y, si ya fallan todas estas tácticas porque allí no hay ningún hermano y porque en la cocina el pequeño personaje se encuentra solo, puede aun aparecer la última táctica de escape: “¡es que mamá lo había dejado al borde de la mesa y se ha caido solo!”.
Y la verdad es que, lo que al inicio era un incidente, acaba casi siempre siendo una situación entrañable y divertida, aunque el abuelo tenga que volver la cara para que el personaje no vea la sonrisa y saque conclusiones equivocadas.
Sin embargo, cuando el protagonista no es un niño, sino un hombre hecho y derecho que ha superado los cincuenta, y además es un cargo público, y además es consejero del Gobierno de Cantabria, y además lo que se le ha caido no es un vaso de cristal sino una gran parte de un edificio declarado patrimonio histórico artístico, y cuando, además, el protagonista de esta segunda historia tiene a su disposición los estudios, los informes técnicos y los medios personales, económicos y materiales necesarios para haberlo evitado, la cosa ya no tiene tanta gracia, ya no resulta muy entrañable, y desde luego resulta inadecuado aplicar al incidente el calificativo de divertido.
Gran parte de la cubierta y otros elementos del Seminario Mayor de Comillas, es decir, del elemento arquitectónico más importante del conjunto que supone la antigua Universidad Pontificia de Comillas, se desprendió el día 29 de abril, es decir, cuando el personaje de nuestra historia llevaba a su cuidado durante casi un año. O sea, que llevaba en el cargo el tiempo suficiente para, si hubiera cumplido con su deber, haberlo prevenido y evitado. Pero no lo hizo.
Y dice nuestro personaje, mirándonos con los ojos muy abiertos, que es que era dificilísimo detectarlo y prevenirlo. “¡Yo no he sido!” Pero, lo que es la fatalidad, resulta que un amigo de nuestro personaje (en realidad no sé si muy amigo, vista su declaración) ha afirmado públicamente, en plan técnico especialista, que con un gasto de cincuenta mil euros se hubiera podido detectar el problema y adoptar la solución que hubiera evitado el derrumbe. Y así, la primera excusa infantil acaba resultando inútil.
Fallido el primer intento, sigue nuestro personaje buscando coartadas y piensa en el anterior Gobierno, que tuvo bajo su responsabilidad el bien protegido. Pero, claro, resulta que el anterior Gobierno hace un año que no está allí; y además ha sido nuestro personaje y su hermano mayor que se llama Diego, los que ordenaron, precisamente, la paralización de las obras en el edificio y los que, parece evidente, han sido responsables de no evitar el desastre. Por tanto, para cualquier observador atento y de sentido común, la segunda excusa resulta poco convincente.
El último intento de excusa de nuestro personaje llegó ayer. Ahora resulta que los técnicos que estaban rehabilitando otras partes del edificio, por imprudentes e irresponsables, dañaron el resto y son los culpables del desaguisado. Es decir, son los técnicos los que pusieron el vaso al borde de la mesa y éste se cayó solo.
Sería para partirse de risa, pero ya he dicho antes que esto ya no es divertido. El personaje no es un niño que está aprendiendo lo que es la realidad, sino alguien crecidito y supuestamente formado y responsable, que tiene precisamente por cometido, entre otras cosas, evitar que se produzcan estas roturas, que se den estos derrumbamientos, que ocurran estos desastres que son fruto, sin duda ninguna, de su incapacidad, de su desidia o de su irresponsabilidad.
Y hay una moraleja, queridos niños. Es muy importante valorar muy bien cuándo las excusas son, simplemente, el velo bajo el que se intenta esconder la ineficacia y la incompetencia. Y, por eso, es muy bueno saber quién miente en cada historia, quién es malo.
En ésta parece que está claro. En otras quizá no tanto, a primera vista. Pero solo a primera vista.
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