Ahora, cuando las cosas están realmente mal y cuando todo parece desmoronarse, es cuando resulta más necesario tomar partido, implicarse, dar un paso. Aunque parezca lo contrario, aunque la tendencia sea a sacar el paraguas y esconderse debajo, ahora es el tiempo de las verdades desnudas, de los principios, de las convicciones y de la acción.
Ahora, cuando los que manejan los destinos económicos, sociales, políticos e incluso vitales de todos nosotros intentan trasmitir la idea del fin de las ideas (" hay que ser realista"), de la homologación de los comportamientos ("todos son iguales"), de la relatividad de los principios ("¿es mejor ser honrado o ser eficaz?), de la inutilidad de la política ("es hora de los técnicos") y sobre todo de la inactividad social ("para qué meterse en líos"), y de tantas otras consignas interesadas en el mantenimiento de su dictadura silenciosa, furtiva e invisible, me vienen a la memoria las palabras de Bertolt Brecht:
"el peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato o de los medicamentos dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos, que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".
Estas palabras, que se escribieron hace casi cien años, tienen una sorprendente actualidad y son dignas de ser recordadas en estas fechas, inmediatamente anteriores a unas elecciones en las que ejerceremos el extraordinario derecho de decidir quién queremos que nos represente y nos dirija en los próximos años.
Yo tengo decidido mi voto a una persona, que es Miguel Angel Revilla, y un partido, que es el Partido Regionalista de Cantabria, en el que ya desde hace muchos años he intentado desarrollar mi voluntad, y mi obligación, de participar en la mejora y progreso de la sociedad en la que vivo y viven mis hijas, mis nietos, mi mujer, mi familia y mis amigos. Fue, y sigue siendo, una determinación meditada y basada en buenos argumentos.
Pero, desde esa convicción personal, sigo pensando que el mensaje más importante es el que desarrollaba más arriba: que nunca, pero mucho menos ahora, se puede disculpar la táctica del avestruz como alternativa política a la que está cayendo.
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