Rafa de la Sierra

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Recordando a Matías Sáinz Ocejo

octubre 2002

Releía ayer una pequeña obra de teatro, "El amanecer de un día" con la que Matías quedó finalista del Premio Eusebio Sierra Cantolla. Y allí veo de nuevo a Manolo, uno de sus personajes, explicando muchas de las cosas que tantas veces escuché decir de mil formas a aquella estupenda persona, aquel sujeto entrañable, a aquel luchador incansable, cascarrabias a veces, que fue Matías Sáinz Ocejo desde su silla de ruedas; una especie de mezcla entre Don Quijote luchando contra los molinos y de Pepito Grillo que no admitía desviaciones ni inactividades. 

Y me parece estar escuchando a Matías cuando Manolo, ese entrañable personaje de su obra de teatro, dice que, frente a la tentativa a la inhibición, "hay que tener los huevos suficientes para admitir que se es persona lo mismo sentado que de pie". Esa actitud positiva y, en cierto modo, desafiante de quien afronta con sensatez, con valentía y con decisión su problema, el de la discapacidad o cualquier otro, era una actitud vital de Matías, que lograba afortunadamente trasmitir a su entorno.

Una actitud que se basaba en un ejercicio permanente de comprensión y de conciliación. Dice Manolo: "Todo es cuestión de educación. Hemos de tener en cuenta que habitualmente la gente asocia al disminuido físico con el mental, y creen que la poca plasticidad que ofrece nuestra imagen es algo parejo con nuestra mente. Por esos se sorprenden y nos consideran simples instrumentos dignos de lástima y compasión. Y cambiar esa imagen depende de nosotros. Pero no amparándonos en la clandestinidad. Hay que dar la cara, hermano".

Es decía Manolo, por Matías. Y esa era la segunda parte de su positiva actitud ante la vida: dar la cara, actuar, influir en su entorno, desarrollar un trabajo, a veces extraordinariamente intenso y fatigoso, para cambiar las cosas a mejor, para influir en la adopción de soluciones, para construir de forma activa su futuro y el de todas aquellas personas a las que dedicó una buena parte de su actividad y de su vida. Y, sobre todo, su lucha por la eliminación de los prejuicios, buscando para ello de nuevo la actitud positiva, mostrando todo aquello de lo que las personas, aun con limitaciones físicas importantes, eran capaces de hacer, de realizar, de aportar a la sociedad y, sobre todo, a quienes estaban más próximos a él.

Tuve la suerte de contar con su amistad. Y también fui afortunado porque, dentro de lo que ha sido mi actividad política, tuve ocasión de desarrollar con él programas e iniciativas extraordinariamente enriquecedores para la sociedad; y además, yo creo que, sobre todo, enriquecedores para nosotros mismos. Programas e iniciativas desarrollados con él y con tantas otras personas dedicadas al mismo fin con el mismo espíritu.

Y hay que decir algo más. Los que le conocimos sabemos también que en su vida tenía un lugar el sufrimiento. Su actitud  positiva, activa, constructiva, quizá optimista no debe hacer pensar que en su vida no hubiera lugar para la tristeza, para la preocupación, para el abatimiento a veces, pues con ello le haríamos un flaco favor. Precisamente su mayor grandezo estaba en la superación de la dura situación que le tocó asumir. Eso es lo que da especial valor a su actitud, a su trabajo y a su actuación.

Porque, después de todo, se aferraba a la felicidad y a la esperanza. Lo dice Manolo en una expresión que, para mí, es extraordinariamente reveladora y significativa: "Es curioso cómo en ocasiones desestimamos la vida como si fuera algo que no mereciese la pena, ya que nos aguarda ese irreparable final. Hasta que nos damos cuenta de que, a pesar del triste amanecer de un día, es bonito ver salir el sol por las mañanas, sintiendo que la ansiedad nos desgarra la piel hasta conmovernos."

"Porque sí, siempre hay una esperanza."

"¿Esperanza de qué?", le pregunta José Luis.

"Esperanza de todo, amigo mío. De que esto acabe..., de que todo termine ... ¡Incluso de ser feliz!"

Eso dijo Manolo, es decir, debía decir Matías. Matías, a quien hoy queremos rendir homenaje y de quien añoramos su voz, su presencia, su actividad, su actitud y su compañía.

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