marzo 2004
Como se ha podido ver con toda claridad en los últimos días, el pacto de gobierno entre el PRC y el PSOE ha generado la frustración, la indignación y hasta el pataleo sonoro de personas y, en el fondo, de grupos de poder o de presión, sobre todo económicos, vinculados al entorno del Partido Popular en Cantabria y en España. Es lógico. Han perdido sus posibilidades de gobernar y algunos incluso su único medio conocido de ganarse la vida. Es normal que se enfaden e, incluso, que muestren su cabreo en público. En algunos casos es de dudoso gusto, pero es normal.
También es normal que entre el resto de los votantes, sobre todo los del Partido Regionalista, exista la natural alegría y esperanza por el ilusionante futuro que nos espera, y también la preocupación por la responsabilidad que hemos asumido. Y, lo que aparentemente ya no es tan normal, también parece existir si no alegría sí un cierto alivio en ciertos sectores de votantes del Partido Popular que no estaban de acuerdo con el sentido patrimonial del poder e incluso la prepotencia de alguno de los gobernantes de la época anterior. Al menos eso nos dicen.
Las críticas han tomado ya, en algunos casos, forma de insulto y de descalificación absoluta. A mayor interés y mayor ignorancia, más grosería. Por eso es muy reconfortante comprobar cómo alguna de las opiniones publicadas define, precisamente, a quien la hace, sin que necesite mayor comentario.
Por mi parte no voy a entrar en la legitimidad del pacto desde el punto de vista político, democrático o moral. Eso está, a estas alturas, fuera de toda duda para cualquier persona que lo analice de forma imparcial, pues supone, ni más ni menos, que la decisión adoptada por los representantes de la mayoría holgada de los electores con base en un programa que responde al defendido en la campaña electoral.
Tampoco admito esa especie de sonsonete que dice que el PRC ha traicionado al electorado. ¿A qué electorado? ¿Al del Partido Regionalista? Imposible, porque vamos a votar precisamente a nuestro candidato para Presidente. ¿Al del PSOE? Lo dudo, pues sus representantes nos han dado su confianza y hemos llegado a un acuerdo en nuestro programa de gobierno. ¿Al del Partido Popular? Es posible, pero poco probable, porque el mensaje de este partido, en toda su campaña, fue el de demandar mayoría absoluta para gobernar en solitario. Parece, por tanto, que no les apetecía mucho seguir gobernando en coalición; y, desde luego, alguno de sus dirigentes ha hecho todo lo posible para que eso no ocurra. Y lo ha conseguido.
Pero, junto a estas críticas, se vienen manteniendo últimamente supuestas posturas de lógica política y se cuestiona, no sólo el derecho de establecer las mayorías que se tenga por conveniente, sino incluso la legitimidad de la existencia de cualquier partido político distinto de los dos grandes a nivel nacional, que les sirva de contrapeso. Y, más en concreto, se está anatematizando la existencia de los partidos de centro y, más en concreto aún, la existencia de los partidos regionalistas.
No es el momento de profundizar en las características de los partidos regionalistas, en su necesidad y en su conveniencia. Espero hacerlo con el suficiente detalle más adelante. Pero sí es conveniente hacer ya algunas matizaciones, para evitar que nuestro silencio se interprete como falta de argumentos o falta de convencimiento.
En el caso del Partido Regionalista de Cantabria no hay que acudir a teorías o a rebuscados planteamientos ideológicos para constatar su influencia beneficiosa para Cantabria desde su nacimiento. En primer lugar, y como todo el mundo reconoce, en la primera etapa, en la que se consiguió recuperar la personalidad de Cantabria, constituyéndose en Comunidad Autónoma dentro de la Constitución de 1978, con la misma categoría y rango jurídico que cualquier otra.
Después, cuando hubo que hacerlo, desde el ejercicio responsable y razonado, pero inflexible, de la labor de oposición, sobre todo contra la corrupción y la ineficacia en la gestión de los asuntos públicos.
Pero la más importante aportación del Partido Regionalista de Cantabria ha sido, precisamente, el constituir un auténtico referente de la normalidad democrática en esta Comunidad Autónoma. El cambio que se produce en Cantabria cuando, en 1995, el Partido Regionalista entra a formar parte del Gobierno regional y se acaba con la época de las mayorías absolutas es enorme. Nadie mejor que los cántabros para saber que las mayorías absolutas, en contra de lo que ahora se quiere hacer ver, no traen sino inestabilidad, prepotencia, crispación y corrupción.
Es cierto que en 1995 fueron muchos quienes colaboraron a la normalización democrática (el PP, el PSOE, Izquierda Unida, los Sindicatos y la sociedad entera de Cantabria); pero el hecho cierto es que la normalidad llegó con el PRC en tareas de gobierno y con el PP viéndose obligado a pactar.
Por eso es tan injusto, y tan falso, que se presente al PRC y, en general, a los partidos regionalistas, como factores de inestabilidad o de inseguridad. Todo lo contrario. Suponen precisamente el límite a quienes tienen la tentación de confundir los intereses generales con los intereses personales; o a quienes, desde la absoluta mayoría, tienden a pensar que les corresponde el poder por toda la eternidad.
En todo caso, el debate se disfraza como ideológico, pero su fundamento es totalmente pragmático. La cuestión reside en la lucha por la consecución del apoyo del centro político, es decir, de ese grupo, numerosísimo, de personas que en Cantabria votan en parte al Partido Popular, al Partido Socialista y, sobre todo, al Partido Regionalista, y que tienen unas características muy definidas: en primer lugar, huyen de posiciones extremas y del poder absoluto; se centran más en los programas y en las realizaciones que en los encorsetados ideológicos tradicionales; aceptan con naturalidad la alternancia entre las distintas opciones políticas, siempre que sean prudentes y razonables; y rechazan la prepotencia, la arrogancia y, sobre todo, la corrupción.
Aunque sólo fuera desde esa perspectiva, el Partido Regionalista es necesario y lo seguirá siendo en el futuro. No olvidemos que la alternancia en el poder se considera, por la gente sencilla, como un buen ejercicio democrático, necesario cada cierto tiempo, para que cada uno reciba su imprescindible cura de humildad y para que el gobierno sea, realmente, lo que en cada momento quieren la mayoría de los ciudadanos, que es la base del sistema democrático, el menos malo de los sistemas de gobierno.
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