mayo 2002
En este asunto no encuentro matices: estoy absoluta y rotundamente en contra de esta guerra. Lo estoy desde el principio, pero esta convicción se refuerza más cada día, tras cada resumen diario de las operaciones, tras cada recuento de víctimas y de daños, después de cada intento de justificación de los responsables.
Esta oposición a la guerra, en mi caso y creo que en el de muchos de los que desde las más diversas posturas ideológicas se manifiestan pacíficamente en contra, está fundada en una convicción moral, en una actitud ética, es el resultado de una imposición ineludible de la conciencia.
Sabemos lo que es una guerra, no somos ilusos. La guerra no son cifras, estrategias, evoluciones tácticas o maniobras más o menos atrevidas o inteligentes. La guerra es destrucción y muerte. En principio, muerte y mutilación de seres humanos concretos, individualizados: de niños y niñas con todo su porvenir aún por delante y con la inocencia y la extrañeza aún en sus ojos asombrados; muerte de jóvenes, con toda la ilusión de sus proyectos de vida; muerte o mutilación de personas mayores, violentados trágicamente en los últimos años de su vida; muerte de personas sencillas, de profesionales, de campesinos, de obreros, de policías, de empresarios, de personas de todo tipo y condición, por el único delito de vivir en un determinado pueblo, por circular por un determinado camino, por estar cerca de una determinada instalación.
Y es muerte también injusta de los que combaten en ella. No caigamos en el error de considerar las muertes de los combatientes como números abstractos, como consecuencias lógicas de la guerra. Como es evidente, y como vemos después de esas muertes aparentemente asépticas, detrás de cada soldado, de cada cabo, de cada sargento muerto existe una familia, un lugar concreto (Ohio, Chicago, Texas, Manchester, Basora, Nasiriya), unos amigos, un entorno. Es decir, un proyecto ilusionado de vida que se trunca para siempre.
Y la guerra es también terrible y absurda destrucción de lo más próximo, de lo más cotidiano. Destrucción de viviendas, de edificios públicos, de bibliotecas, de centros de cultura y ocio, de empresas, de carreteras y caminos, de puentes trabajosamente construidos. Es destrucción también, y desgraciadamente, de la Historia, de la cultura, de grandes edificios conservados culturalmente durante siglos (las murallas de Babilonia, la Universidad de Basora o de Bagdad) de mezquitas y de iglesias, de restos evidentes de todas las civilizaciones pasadas, es decir, de las señas de identidad de las personas y de los pueblos.
Y la guerra es también una fuente de odio, de rencor, de deseos de venganza por la agresión inexplicable o injusta. Sentimientos que no sólo genera en las víctimas, sino también en los responsables, que vivirán para siempre con la conciencia empañada por la muerte de sus semejantes, por la destrucción inexplicablemente causada. Porque, no nos engañemos, la paz personal no volverá nunca a quien provoca la violencia o a quien la practica. En ese sentido, la naturaleza impone siempre su pena inapelable.
Por eso estamos radicalmente en contra de esta guerra. Porque ese terrible camino de odio, de destrucción, de muerte, de hambre y de miseria es el último de los recursos, la última de las soluciones, las más odiosa de las decisiones políticas. Sólo cuando la vida de inocentes está directa e inminentemente amenazada, cuando es el otro el que utiliza la guerra como recurso injusto, cuando hay que evitar la muerte y la destrucción, cuando no existe otra alternativa, sólo entonces se puede plantear el terrible recurso de la guerra defensiva.
Porque la lucha y la defensa de la paz, que debe ser la tendencia natural del ser humano, es una actitud activa, generosa, honesta, que exige asumir un determinado nivel de riesgo, que aconseja a veces la cesión y el compromiso, a cambio del acuerdo, de la cordialidad, de la concordia (por eso son también totalmente rechazables quienes utilizan la violencia diciendo defender la paz). Y, en este caso, en esta guerra aún había caminos pacíficos hacia la solución del conflicto, aún no se había producido la agresión violenta, aún no existía ni siquiera constancia de un peligro inminente y grave para nosotros. La guerra no estaba moral o éticamente justificada.
Y no somos ilusos. No creemos que la paz se consiga sin esfuerzo, ni que nuestra vida, nuestra libertad o nuestra integridad física no deba ser defendida en ocasiones por la fuerza frente a la violencia injusta y desproporcionada. Pero sólo la legítima defensa justifica la violencia, siempre en proporción a la agresión sufrida, siempre como la última de las alternativas
Es posible que alguien, al leer estas líneas, se asombre de que un tema de tal calado político, de tanta trascendencia en las relaciones internacionales de poder, de tanta complejidad analítica, de tanta relevancia para la salvaguarda de la civilización occidental se plantee en términos de ética, de moral personal, de imposición de la propia conciencia. Pero yo, en este caso, opino todo lo contrario. Es una fortuna, una estupenda noticia que millones de personas y de colectivos, empezando por la propia Iglesia Católica, siguiendo por los intelectuales de la más diversa convicción e ideología, y acabando por millones de personas sencillas de la más diversa naturaleza y condición se opongan pacífica, pero enérgicamente, a la guerra, a esta guerra, por razones de conciencia, por rechazo al horror, por solidaridad con los seres humanos que van a ser muertos o heridos, cuyas posesiones van a ser destruidas, y a quienes se va a llevar tristeza, sufrimiento y desolación.
Ética y solidaridad. Palabras maravillosas últimamente desusadas que, afortunadamente, llenan en este momento las calles y las plazas de todas las ciudades y de todos los pueblos de oriente y occidente, en un gesto angustioso de rechazo a la guerra, como apoyo a personas a las que no se conoce y que viven en un lejano y desconocido país.
Yo, personalmente, siento una gran satisfacción personal de estar en este lado, de estar con esta gente, de sentirme partícipe de este maravilloso movimiento solidario. Y me siento orgulloso como persona, como habitante de este mundo, y también como Presidente de este Parlamento, que representa a esta Cantabria solidaria y generosa.
Y esa sensación de hacer lo éticamente justo, de estar a bien con la propia conciencia, es probablemente lo único reconfortante en esta penosa situación de guerra no deseada.
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