En las sociedades actuales del mundo libre, modernas, democráticas y en constante desarrollo, existe un derecho y una libertad a la que todos debemos tener el máximo respeto, cuidar como la niña de nuestros ojos y defender por encima de todo y de todos, y es la "libertad de expresión". Todos, absolutamente todos en el mundo libre y democrático, tenemos derecho a poder decir nuestras opiniones y convicciones, a poder defenderlas y argumentarlas, y a difundirlas de acuerdo a nuestros principios y creencias. Nadie debe cercenar esa libertad de expresión, por mucho que la misma suponga "sacar los colores" a algunas personas y a algunos hechos.
Debemos eso sí, defender la libertad de expresión siempre que vaya acompañada de la verdad, de la certeza y aderezada con la ética de quién habla y comunica y con la estética de las circunstancias y ocasiones en las que se hable y comunique.
Pero desgraciadamente y de unos años para acá, parece que las personas, los medios y los comunicadores han empezado a pasar de la ética y echar por tierra la estética. Y si esto no está bien ni es edificante para la salud mental de las personas en el ámbito general de la vida, cuando nos ceñimos al ámbito político y a los medios que deben dar información veraz, la cosa se hace mucho más fea y preocupante.
Decía el parlamentario y político conservador español Juan Donoso Cortés que "de todas las potestades nacidas de la organización de las nuevas sociedades, ninguna es tan colosal y exorbitante como la potestad concedida a todos de poner su palabra en los oídos del pueblo". Y aquí es donde está el "quid de la cuestión", que existen muchas personas cuyas palabras son escuchadas por el pueblo y son asumidas por el mismo como verdades y guías de actuación, y en muchas ocasiones aquellos que las dicen no son suficientemente conscientes de ello. No valoran la influencia que pueden generar sus palabras en la manera de pensar de la gente y en sus formas de actuar ante las cosas, dando lugar a corrientes de opinión que en algunos casos degeneran en actitudes y acciones preocupantes para la sociedad.
Parece que se ha instalado entre nosotros como forma habitual de actuación la mentira y la desmesura en las expresiones, y parece que nadie es capaz de meditar unos segundos y ponerle freno a ello. Se miente y se vuelve a mentir sin el menor pudor, y se intenta hacer callar al adversario con malas artes y tácticas. En política lo vivimos a diario escuchando a algunos políticos, y en los medios lo leemos y escuchamos a diario en las páginas escritas y en las ondas de radio y televisión. Parece que todo valiera con tal de destruir al rival, cualquier cosa aunque sea la mayor de las mentiras y falsedades.
Defendamos pues la libertad de expresión, defendamos la verdad y no intentemos, como lo ha hecho el Partido Popular en Valencia, callar a aquellos medios que habían hablado y escrito sobre sus listas electorales y los "presuntos imputados" que existen en las mismas. Los populares valencianos han intentado denunciar a los medios que habían hablado de ello pero afortunadamente, sus "mayores madrileños" les han obligado a dar marcha atrás, defendiendo la libertad de expresión.
Para alguien como yo que ha sufrido en sus propias carnes el "libertinaje de la mentira" por parte de algunos políticos y de algunos medios, no puede haber mayor alegría que los que defienden la libertad de expresión veraz, con ética y con estética.
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